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Sábado y Domingo antes de la Cuaresma:

El traslado a la adoración de la esclavitud hacia la filiación

“...Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto.” (Ex. 7. 16).

Los Salmos del Sábado y del Domingo antes de la Cuaresma son salmos para la consolación, el canto, la oración y la alegría con la salvación: “Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado.” (Sal. 119. 49-50). “Oye, oh Jehová, una causa justa; está atento a mi clamor. Escucha mi oración hecha de labios sin engaño.” (Sal. 17. 1).

El cambio de la situación del ayuno desde la tristeza y el lloro hasta ungir la cabeza, lavar el rostro y prepararse con Jesucristo en un éxodo victorioso como en el Salmo de la oración de la mañana: “Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo.” (Sal. 100. 2). El Salmo de la misa dice: “Servid a Jehová con temor, Y alegraos con temblor.” (Sal. 2. 11). Ambos salmos clarifican los aspectos del ayuno: la alegría y el temor de Dios.

El evangelio de la oración de la mañana del Sábado nos invita a velar: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.” (Mr. 13. 35-37).

La Epístola de San Pablo invita a limpiar el alma y perfeccionar la santidad: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2Co. 7. 1).

La Epístola de los Apóstoles dice: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.” (1P. 1. 3). “Para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros.” (1P. 1. 4). “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.” (1P. 1. 9).

El evangelio de la misa lleva una invitación para el arrepentimiento: “Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.” (Lc. 13 .3).

El evangelio de la oración de la víspera del Domingo invita a la fe en la oración y también enlaza entre la paternidad del Padre y el perdón: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.”(Mr. 11. 25-26).

En el evangelio de la oración de la mañana reitera la invitación al perdón a todos quien pecan contra nosotros, este es un paso necesario que nos prepara al arrepentimiento: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.” (Lc. 17. 3-4).

La Epístola de los Apóstoles expone las donaciones de Dios y sus preciosas y grandes promesas a que nos invita: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.” (2P. 1. 3). “Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.” (2P. 1. 4). Por tanto nos incita a procurar para hacer firme nuestra vocación para ser fijados en él “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.” (2P. 1. 10).

El evangelio de la misa del Domingo antes de la Cuaresma es El sermón del monte (Mt. 6. 1-18):

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.” (Mt. 6. 1).

“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto.” (Mt. 6. 6).

“Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro.” (Mt. 6. 17). “Para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mt. 6. 18)

El Señor Jesucristo muestra en este habla la nueva ley de la adoración cristiana en “la limosna, la oración y el ayuno”, pues revela la falsificación de la antigua adoración presentada delante de los hombres y no ante Dios. El Señor Jesucristo traslada el alma de la presencia de los hombres para la presencia ante El Padre Celestial “... Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mt. 6. 4). En el traslado de la presencia ante Dios como Padre, es una liberación del alma de la esclavitud de los hombres y del deseo de la saciedad del alma del elogio de los hombres y en esto un comienzo de la santidad real, y así el alma alcanza un camino práctico al reino.

Notamos que este traslado de la presencia ante Dios, liberándose de los puntos de vistas de los hombres, penetra el pensamiento del sermón del monte, y es su mismo el pensamiento que está puesto en el fondo de cada lectura de la Cuaresma.


El ayuno es la salida de la provincia apartada, bajo de la esclavitud del diablo, los hombres y de su mismo hacia los abrazos del Padre. La fuerza motiva para salir es la paternidad del Padre Celestial que hemos obtenido en el “misterio de la encarnación” a través de las lecturas de la primera estación del año litúrgico. En la segunda estación nos movimos con la gracia de la filiación con el Cristo para alcanzar la participación de su resurrección uniéndose con Dios. Por esto, la iglesia nos presenta en este Domingo la oración divina “Padre nuestro que está en los cielos”. El tono de la paternidad de Dios se repite su eco en las lecturas y oraciones de la iglesia y en sus cantos durante la Cuaresma, porque es la fuerza motiva para regresar a los abrazos del Padre, cruzando el desierto del mundo con el Cristo y por él hasta llegar al lugar del reposo. Estos sentimientos de la paternidad del Padre alcanza sus máximos en el tercer Domingo del ayuno con “El regreso del hijo pródigo” y continua hasta que nos alcanza la alegría de la resurrección.

Las lecturas de la víspera del Domingo que son del evangelio de San Lucas, regresa a confirmar la paternidad del Padre a través sus donativos “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc. 11. 13).