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Segundo Domingo del Mes de Kiahk (cuartro mes copto):

El anuncio del nacimiento de Jesucristo, manifestando la justicia de Dios en el misterio de la encarnación y de la Trinidad

El manifiesto de la justicia de Dios en el misterio de la encarnación y en el misterio de la Trinidad al anuncio del nacimiento del Salvador del mundo

“...grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1Ti.3.16)

“(Porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto...para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y vuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.” (1Jn. 1. 2-3). La vida eterna que estaba con el Padre se nos manifestó para que nosotros tengamos comunión con el Padre en su Hijo. Este es el objetivo del misterio de la encarnación.

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas.” (Ro.3.21). Pues por nuestra comunión con él obtenemos en él la justicia de Dios “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2Co. 5. 21).

Pues nuestro nuevo nacimiento es la aparición de Dios en nuestra vida para que su justicia obra en nosotros y como dijo Jeremías el profeta: “...y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra.” (Jer. 23. 6).

Así las lecturas presenta el anuncio del nacimiento del Hijo, para que conocemos el misterio de alegría que será para todo el pueblo.

Mientras que la lectura de la Epístola de los Hechos de los Apóstoles completa diciendo: “Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su gemido, y he descendido para librarlos. Ahora, pues, ven, te enviaré a Egipto.” (Hch. 7. 34). El Cristo vino para salvarnos de la aflicción y de la esclavitud del diablo. Por eso el Salmo invita a la esposa para la comunión con el Padre en su Hijo diciendo: “Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo, y la casa de tu padre; Y deseará el rey tu hermosura; E inclínate a él, porque él es tu señor.” (Sal. 45. 10-11).

María la esposa, representa la iglesia y sus símbolos, ha encontrado gracia acerca de Dios y esta gracia la ha encontrado para toda la Humanidad. Pues de ella apareció el Salvador, el tesoro de la salvación de todo el mundo. Por eso el ángel le revela el misterio de la Trinidad por la primera vez después de anunciarla el misterio de la encarnación. Porque fue confiada sobre el misterio de la salvación de todo el mundo “...El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” (Lc. 1. 35).

El misterio de la Trinidad no se puede entender sino a través de la encarnación del Hijo de Dios, y el misterio de la encarnación se aclara sus dimensiones con el misterio de la Trinidad. Por eso no se puede anunciar el misterio de la Trinidad antes de la encarnación del Hijo.

“Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.” (Lc. 1. 38). La grave tarea que la Virgen Santa María fue encargada, la recibió tranquilamente y obediendo a Dios en la confianza de la fe. Pues quien la encargó con la tarea es poderoso de completar su obra en ella. La justicia de Dios es la obra de Dios en nosotros cuando le entregamos nosotros mismos para obrar en nosotros “...hágase conmigo conforme a tu palabra.” (Lc. 1. 38). Con esto aparace la justicia de Dios en nosotros y se manifiesta al mundo en “...buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Ef. 2. 10).

Pues la obediencia de la fe es el comienzo del manifiesto de la justicia de Dios obrando en nosotros.